Comisionada y bendecida

Una de las etapas que recuerdo con mayor felicidad es mi niñez. En la mañana mi mamá nos llevaba a la escuela. En la tarde, cuando regresábamos a casa, nos daba una merienda y nos ponía a hacer las tareas. Luego salíamos a jugar a un gran patio y mi madre nos vigilaba por la ventana de la cocina mientras hacía la cena. Luego nos íbamos a bañar y cenábamos juntos en la mesa.

Los fines de semana me despertaba el olor de los panqueques y las salchichas que mi mamá nos preparaba de desayuno. En la tarde veíamos TV en la sala mientras mi papá jugaba con nosotros haciéndonos preguntas escolares y de cultura general. A mí me fascinaba porque nos daba una moneda por cada respuesta correcta, con la cual compraba un helado cuando pasaba el acostumbrado camión del helado con su música característica.

Durante esta etapa siempre recuerdo a mi mamá presente en la casa. Cuando la situación se puso económicamente difícil, mi mamá no salió a trabajar… ella adoptó 3 niños. ¡Qué divertido! Ahora éramos 6 para jugar. Recuerdo el alboroto en Navidad cada vez que Santa Claus nos sorprendía con un regalo nuevo debajo del árbol o cuando se llevaba uno por portarnos mal. En verdad no recuerdo ninguno de los regalos, excepto unos zapatos Converse morados que nos dejó mi abuela un año.

Pero lo que sí recuerdo vívidamente es el aroma de la comida y los postres que hacía mi mamá, nuestros paseos en familia, la visita a la casa de mis tíos y el tiempo que compartíamos juntos. Mis padres siempre estaban presentes e involucrados completamente en nuestras vidas. Su vida giraba en torno a la nuestra; nuestra crianza, disciplina, educación, alimentación, nuestro sano desarrollo y nuestro bienestar. Mi mamá creía firmemente que “el ojo del amo engorda el caballo”.

Como adolescente, la cosa cambió un poco; no por mis padres sino por mí. Ya la vida no era tan color de rosa. La adolescencia es un tiempo difícil porque es una etapa de cambios, propios de la edad. Empezaba a descubrir mi identidad, mi propósito y lugar en la vida, pero siempre bajo la mirada vigilante y atenta de mi madre. La adolescencia es una etapa muy delicada y si los padres no están un paso más adelantado que sus hijos, los pueden perder en malos caminos. Mi madre, que parecía saberlo ‘todo’, siempre nos decía: “cuando tu ibas, yo venía”.

En mi casa no éramos cristianos. Yo conocí a Cristo a los 22 años y mis padres muchos años después que yo. Pero ellos crecieron y yo fui criada en una época donde los estándares y principios bíblicos eran la norma general de todas las personas; en la casa, en las escuelas, las cortes, etc. En mi casa no había democracia, agendas partidaristas, ni partido liberal, sino que mis padres eran la máxima autoridad.

Yo le doy gracias a Dios que me dio la madre que tengo, dedicada por entero a sus hijos hasta el día de hoy. Ella nos decía: “Ustedes son mi diploma. Hasta que ustedes no salgan de esta casa como hombres y mujeres de bien, yo no me gradúo”. Mi madre estuvo involucrada no solo en mi niñez y adolescencia, sino también como joven adulta en mis años universitarios.

Ella estaba pendiente de si me inscribía en la universidad, si hacía tarea y de mi progreso en general hasta el día en que me gradué. Cuando mis compañeros estudiaban en casa ella nos cocinaba y hacia jugos. Y cuando era yo quien iba a estudiar a otro lado, como ladrón en la noche y a la hora que no pensáis, mi mamá se aparecía llevándonos pizza o pollo frito, pues amanecíamos estudiando y ella chequeaba, como dicen en Bingo, “las fichas de su cartón”.

¿Qué es entonces lo que hace del hogar y la relación padre-hijos algo inolvidable?

Indefectiblemente la presencia, la interacción y el cuidado amoroso, vigilante y disciplinado de los padres. Los hijos necesitan sentir el calor y cuidado de sus padres, ver la interacción sana y amorosa entre ellos, y cómo se lleva adelante un hogar digno. Aunque existen muchas situaciones por las que la mujer ha tenido que salir a trabajar, es importante que antes de hacerlo valore cuánto tiempo estará fuera del hogar y qué tanto gana o pierde al dejar la crianza de sus hijos a otros.

Las madres son centinelas. Su hogar es su empresa y como Dios, quien está siempre velando sobre Sus hijos, su trabajo no termina y su rol nunca deja de ser, así tengan 40, 70 o 90 años.

Jesús dijo: “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (Lucas 2:49). Y yo les digo amadas, “¡En los negocios de sus hijos, les es menester estar!”.  Los hijos son la mejor inversión de tu tiempo y tu tiempo es el mejor regalo que ellos pueden recibir. A cambio, la sociedad agradecerá que le hayas entregado hombres y mujeres útiles y de bien. Ese es nuestro solemne deber ante Dios y nuestra mayor contribución a una sociedad enferma y disfuncional.

Dios facultó a los padres para criar bien a sus hijos y formar una sociedad digna. Como madres cristianas retomemos la comisión y la bendición de desempeñar bien nuestro rol. No los dejemos a la suerte. ¡Criemos hijos para la gloria de Dios!

¿Qué cosas buenas de tu niñez vas a reproducir en tu hogar para crear un ambiente donde tus hijos deseen estar, que luego lo transmitan a tus nietos y que aun lo recuerden en la vejez?

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