“…recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud…”, Hebreos 12:28
Flip, flap, flip, flap...
El sonido del limpiaparabrisas, el cual intentaba mantener a raya la lluvia torrencial, me irritaba aun más mientras me acostumbraba a conducir el automóvil usado que acababa de comprar; un modelo familiar con más de 130.000 kilómetros y sin bolsas de aire laterales de protección.
Para comprar este automóvil y obtener algo de dinero que tanto necesitábamos para comer, había vendido mi último “tesoro”: un auto familiar que sí tenía protección de bolsas de aire laterales para los niños.
Para entonces habíamos perdido todo lo demás. Nuestra casa y nuestros ahorros habían desaparecido bajo el peso de los gastos médicos para tratar una enfermedad gravísima.
“Bueno, Señor —dije en voz alta—. Ahora ni siquiera puedo proteger a mis hijos de un choque lateral. Si les sucede algo, ya me vas a escuchar…”
Flip, flap, flip, flap… y se me hizo un nudo en la garganta.
Me sentí avergonzado. En los últimos dos años Dios les había salvado la vida a mi esposa y mi hijo de una muerte casi segura, y allí me encontraba, quejándome de las “cosas” que había perdido.
Me di cuenta de lo desagradecido que me había vuelto. El Padre amoroso, que no escatimó a Su propio Hijo para salvarme, había salvado a mi hijo de manera milagrosa.
“Perdóname, Padre”, oré... "Ya lo hice, hijo mío".
Padre, gracias por tu paciencia y tu amor incondicional.
Por: Randy Kilgore